En marzo pasado se publicó un artículo a propósito de una enfermedad que está haciendo estragos en el mundo globalizado: el miedo a enfermar. La prensa española recogió las reflexiones del analista John Carlin a propósito de las paranoias y terrores de comienzos del milenio.
Así como los pobres europeos medievales sufrieron los "terrores del año 1000", convencidos de que al llegar tan fatídica fecha de paso de un milenio a otro, el reducido mundo que conocían volaría en mil pedazos, mil años después el mundo sobre todo el mundo occidental globalizado vuelve a sobresaltarse y a exhibir un síndrome parecido.
"El terrorismo global, los teléfonos móviles, los fumadores pasivos, el alcohol, los pedófilos, el cambio climático, el Islam, la comida transgénica, la contaminación ambiental, la velocidad en las carreteras, representan algunos de la infinidad de pretextos que nos buscamos para poder disfrutar del perverso placer que despierta el vivir nuestra breve estancia en la Tierra en un estado de casi permanente ansiedad", sostiene Carlin en su nota.
Si exceptuamos el Islam como motivo de zozobra, los uruguayos podemos perfectamente vernos reflejados en ese espejo. No olvidemos que la instalación de la planta de Botnia (actualmente UPM) no sólo generó alarma y rechazo entre los entrerrianos sino que también muchos compatriotas se sumaron a la cruzada. Con lucidez, Carlin explica el fenómeno: "Los generadores del miedo suelen tener buenas intenciones. Como en el caso del tabaco. O el de las frutas y los vegetales transgénicos, cuyo impacto sobre la salud, dicen algunos sin saber a ciencia cierta si es verdad, va a ser desastroso. O el de los teléfonos móviles y el supuesto riesgo que su repetido uso puede tener en la incidencia de cáncer cerebral".
Siendo titular del Mvotma, el arquitecto Mariano Arana recordaba que una vecina de Fray Bentos estaba aterrorizada porque, sostenía, "el río Uruguay va a hervir" como consecuencia de los desechos tóxicos que allí vertería la pastera. Más allá de lo jocoso de la anécdota, la misma es reveladora de hasta qué punto ha calado hondo en la mentalidad colectiva el terror por "lo que puede pasar".
John Adams, profesor emérito de University College London citado por Carlin en su artículo, distingue entre riesgos concretos, visibles, palpables (como cruzar la calle sin mirar si viene un vehículo) y lo que él llama "riesgos virtuales". Un riesgo virtual no es medible o visible, según la definición de Adams: "Los científicos no están de acuerdo. No existen pruebas demostrables".
Sin embargo, la gente no parece ser capaz de internalizar esa distinción, lo que lleva a Adams a concluir que "existe el peligro de caer en una actitud absolutamente desproporcionada en cuanto a los riesgos que conlleva una vida normal".
"Para Adams continúa Carlin, el tema del cambio climático, que penetra la vida normal de la gente más y más, cae dentro de la definición de riesgo virtual, ya que no existe consenso científico sobre la cuestión crucial del papel del hombre en el calentamiento planetario. Con lo cual, dice Adams, 'para los que no son científicos nucleares o epidemiólogos o expertos sobre el medio ambiente, acaba siendo una cuestión no de verdad objetiva, sino de lo que uno cree'. Por eso, el debate sobre el tema adquiere tonalidades más políticas, o religiosas, que científicas".
Este analista entiende que esa propensión al miedo proviene de la prosperidad: "En el Congo y Bangladesh existen demasiados riesgos inmediatos como para darse el lujo de preocuparse por los riesgos virtuales también".
Nuestra comarca, tan globalizada como cualquiera, no escapa a la pandemia. No estamos al nivel del sufrido Haití, castigado por la miseria, los terremotos y el cólera, pero tampoco pertenecemos al primer mundo opulento como para hacer nuestro el terror a los riesgos virtuales.
|
|
|