Pese a vivir desde 1991 en Estados Unidos, al geoquímico cordobés Alberto Saal no se le borró su particular tonada. La mantiene como firma indeleble de su origen, lo que no le impidió protagonizar uno de esos impactos científicos de los que se habla por bastante tiempo en todos los laboratorios e institutos del mundo. Junto a los demás miembros del equipo que dirige en el Departamento de Ciencias Geológicas de la Universidad de Brown, hace pocos días publicó un paper en la revista Nature.
El título del artículo, “Volatile content of lunar volcanic glasses and the presence of water in the Moon’s interior”, anticipaba su descubrimiento bomba: el hallazgo de evidencia de que existió agua en el interior de la Luna. Los restos encontrados son mínimos –46 partes por millón–, pero es agua al fin.
“La noticia me explotó en las manos”, cuenta Saal, de 47 años, quien se recibió en la Universidad Nacional de Córdoba y llegó a trabajar en el MIT. “Aplicamos una técnica conocida como ‘secondary ion mass spectrometry’, que ya la habíamos usado para estudiar rocas terrestres de las islas Galápagos y de la cordillera de los Andes. Nadie nos daba pelota. Hasta que un día nos preguntamos: ¿Por qué no intentamos analizar con ella rocas lunares?”
Y así lo hicieron. Saal y su equipo fueron perseverantes y hasta enfrentaron lo incuestionable. “Desde hace 40 años se están estudiando rocas volcánicas traídas desde el satélite natural terrestre –dice desde la ciudad de Providence, Rhode Island–. Pero nadie había conseguido nada. Nunca se les ocurrió este nuevo acercamiento. Nosotros, que no tenemos la tradición de trabajar en este campo, lo propusimos y lo logramos.”
Para el investigador cordobés la tercera también fue la vencida. “Tratamos de conseguir subsidios durante tres años. La comunidad de la NASA no estaba muy convencida de nuestra investigación y no nos querían dar la plata para hacer los estudios. Era chaucha y palitos. Menos querían mandarnos rocas lunares. Me rebotaron el pedido en 2005 y en 2006, hasta que en 2007 me lo otorgaron. Curiosamente, ahora me dieron más plata, unos 160 mil dólares. Poner en la misma oración las palabras agua y rocas lunares al parecer atrae mucho la atención, es sexy.”
Saal, sin embargo, no lo dice todo. Su descubrimiento, en realidad, choca con lo que hasta ahora se conocía sobre la formación de la Luna, aquello que pocos se atrevían a cuestionar. La Luna, se presume, se habría formado por un tremendo impacto de un planeta del tamaño de Marte con la Tierra. Los modelos de la “hipótesis del gran impacto” señalan que se habrían alcanzado los siete mil grados centígrados. Debido a estas altas temperaturas, todo el mundo descartó la posibilidad de que en la Luna haya quedado algo de agua porque se habría evaporado. Otra teoría indica que el satélite era un cuerpo independiente que, al pasar cerca de la Tierra, quedó capturado en órbita.
“Cuando vos trabajás en un campo científico hay cosas que considerás verdaderas y no te las replanteás –advierte–. Nosotros le aportamos cierta frescura a la investigación. Fue un poco naïf nuestro acercamiento. Estuvo basado en nuestra curiosidad”.
Obviamente, hubo críticas y dudas. “Al principio nadie nos creyó. Nos decían que era contaminación o partículas de viento solar. La evidencia demostró que no estábamos equivocados.”
Otras teorías indican que durante sus 4.500 millones de años de existencia, los meteoritos que impactaron sobre la superficie de la Luna dejaron una nube de gas que se condensó en los polos. “Lo que nosotros decimos ahora es que tenemos evidencias de que hay agua dentro de la Luna. Y que la Luna se desgasificó cuando hubo procesos de erupciones”.
Los análisis los realizaron con un aparato conocido como “espectrómetro de masas”, donde procesaron –en vacío– las muestras que fueron tomadas en la zona meridional de la Luna –conocida como en el Mare Imbrium– por los astronautas del Apolo XV, David Scott, James B. Irwin y Alfred Worden, en 1971.
Los rastros de agua localizados se detectaron en partículas de vidrio volcánico lunar contenidas en las muestras; las que, curiosamente, son verdes. “Yo hablé con los astronautas estadounidenses de la Apolo XV que recogieron las muestras y me dijeron que ellos estaban entrenados para detectar rocas blancas y negras. Y estos vidrios volcánicos son verdes. Me dijeron que al encontrarlos se miraron entre sí y comenzaron a hacerse señas porque los de la NASA en la Tierra podrían a llegar a pensar que estaban locos. Por suerte trajeron muestras de eso que vieron, además de vidrios naranjas, rojos, negros”.
Y agrega: “Lo más importante de todo es que esto nos da una idea de cuándo llegó el agua a la Tierra y a la Luna. Nuestro planeta se habría formado con material que ya contenía agua. Ahora tengo seis muestras más. Queremos ver si hay agua en rocas de otras zonas del satélite”. Las respuestas, dijo Saal, aguardan a la próxima investigación para salir a flote. |
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