Los Objetivos del Milenio se firmaron en el año 2000 por más de 180 países en el seno de las Naciones Unidas. La idea era poner metas con fechas concretas para reducir la pobreza en el mundo y satisfacer así un ambicioso deseo consensuado de manera unánime por parte de gobiernos y sociedad civil. La pobreza extrema presidió las aspiraciones de ocho objetivos que se concretaron en atajar ramificaciones de la miseria como la mortalidad infantil, el VIH, o la insostenibilidad ambiental. Dentro del objetivo número siete, cuyo eje central es la recuperación del deterioro medioambiental, se planteó la meta específica de reducir el número de personas que carecen del acceso a un agua segura y a sistemas de saneamiento. El escandaloso recuento de estas cifras se reparte por extensas áreas del planeta, ensañándose en lugares como el África Subsahariana donde 300 millones de personas viven privados de estos servicios básicos.
Blanca Moreno-Dodson, economista del Banco Mundial, afirma que los resultados en la obtención de mejoras son desiguales. Ante este horizonte, los esfuerzos se centran en reforzar las ayudas en forma no sólo de nuevos apoyos financieros que canalizan la ayuda al desarrollo, sino también en una sólida formación y capacitación institucional que aporte solidez y futuro a estas sociedades. Pero la rapidez con la que suceden los cambios en este mundo globalizado ha generado un desfase entre las expectativas a alcanzar cuando se plantearon estos objetivos hace casi una década y los nuevos escenarios mundiales en los que la grave crisis alimentaria que azota a los países en desarrollo, el cambio en la demanda de ciertos alimentos en populosos países como India y China, la tendencia creciente del crecimiento urbano o la profunda crisis petrolera, más grave si cabe que la acontecida en los ochenta, se están convirtiendo en una grave amenaza no intuida con anterioridad y que enfatiza las dificultades ya encontradas en el cumplimiento de las metas prefijadas. La solución a estos nuevos desafíos, según esta experta, no es única. El mundo de la economía difiere en las soluciones, apunta Blanca, “hay quienes piensan en la necesidad de aportar recursos adicionales para afrontar los imprevistos citados anteriormente mientras que otros creen que se trata de una cuestión de la mejora de la eficiencia de la ayuda oficial”. Está también la teoría de los que piensan que el dinero puede ser incluso contraproducente si no existen infraestructuras de base, si no está desarrollada la regulación suficiente, la seguridad jurídica, la capacidad de los gobiernos y de los ejecutores de los contratos. Ante esta diversidad de planteamientos, esta economista zaragozana afincada en Estados Unidos desde hace 16 años cree que deben de ser las dos cosas a la vez apuntando “que si hacen falta más fondos, pues que los países donantes comprometan lo que prometieron en el año 2000 y que se ejecute con reglas de transparencia y de manera eficaz”. Añade también la idea de la importancia de la ayuda a la formación, al refuerzo de sus capacidades institucionales y legislativas para que la ayuda sea utilizada de manera más efectiva.
Otro aspecto señalado es el hecho de que en los países más pobres el sector privado no tiene a penas presencia en lo que se refiere a infraestructuras de agua y saneamiento y cuando lo hace, hay muchas deficiencias. Por lo tanto, al sector público le queda en el tema del agua una gran función que cumplir. Blanca es tajante al afirmar que antes de invertir en hospitales o escuelas hay que cubrir el servicio de abastecimiento y saneamiento. Ingresar a un enfermo en un hospital que no reúna las condiciones higiénicas básicas o promover la construcción de escuelas si los niños deben de pasar gran parte de la jornada en proveer de agua a la familia es tal vez empezar la casa por el tejado. “Cometemos un error cuando recomendamos a los países en desarrollo tecnologías muy sofisticadas y les hacemos avanzar más rápido de lo que ellos pueden mientras que carecen de lo más básico” afirma. La propuesta de Blanca es que la inversión en infraestructuras de agua y saneamiento se haga de manera conjunta con las inversiones en agua y salud. Que después de la policía y la seguridad que venga el agua porque es una prioridad. Las trabas que frenan estos avances en los países pobres son variadas.Pero la corrupción de las instituciones públicas o la falta de gobernabilidad frenan en ocasiones el desarrollo de proyectos básicos para que se produzca el impulso de estos países. Indonesia es el ejemplo de que aunque la dificultad de atajar estos aspectos es evidente, es posible poner freno a estas situaciones irregulares mediante la implicación de la sociedad. El Banco Mundial, lanzó el programa Kecamatan para la implantación de un sistema de abastecimiento de la población que encontró muchas dificultades a la hora de mantener un diálogo técnico con el gobierno, de firmar convenios con instituciones multilaterales; un estado débil que ponía en peligro la iniciativa. La solución llegó, cuenta esta consultora del Banco Mundial, con la propuesta de creación de comunidades locales con la que el Banco firmó un contrato pasando éstas a convertirse en ejecutoras y negociadoras del mismo. El éxito de la iniciativa ha permitido su difusión y puesta en práctica por todo el país. El community drivers development ha demostrado no sólo en este gran país sino en otras áreas del mundo que es posible conseguir cosas aun cuando el gobierno presente carencias para impulsar este tipo de acuerdos.
Las cifras no dejan lugar a dudas: con una inversión de un dólar se recogen 9 de beneficios. Esta estimación llevada a cabo por Naciones Unidas en 2008 deja constancia de cuales deberían ser las prioridades a la hora de destinar los recursos. Blanca Moreno es tajante en afirmar que satisfacer las necesidades de abastecimiento y saneamiento de estas poblaciones repercute finalmente, desde el punto estrictamente económico en el aumento de la productividad de los factores de trabajo. Al disponer de agua y saneamiento las personas son más productivas, trabajan mejor, la tierra es más rentable y el capital produce más. Además se producen una serie de efectos complementarios que se traducen en el aumento de la confianza de los inversores en esas zonas, aumentando así la durabilidad del capital privado y un efecto positivo a nivel de los costes de ajuste, siendo los diferentes sectores económicos de esos países más capaces de adaptarse a los cambios que puedan introducir las variaciones de los mercados. A todo ello hay que añadirle los efectos magnificadores en la salud y en la educación que se traduce en una disminución de la mortalidad infantil, una mejora en la salud de las madres que se convierten en un activo para la sociedad, así como mayores oportunidades para adquirir una educación que les enfoque a un futuro si los niños están sanos.
FUENTE - Expo Zaragoza 2008
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