SEÑOR DIRECTOR:
El acuerdo de Mendoza acerca de las aguas del Atuel que deben llegar a La Pampa, más todo lo referente al uso de aguas del Colorado, ha dejado a nuestra gente sin mucho por decir. Esto es así porque nunca hubo un conocimiento general completo del problema y, sobre tal soporte con parte de realidad y parte de voluntarismo, hubo quienes imaginaron retornos de aguas caudalosas y constantes. También hubo (y puede haber) quienes confiaron más en soluciones judiciales, aunque se demoren en el tiempo. La solución acordada aseguraría un modesto caudal, con el compromiso de que sería constante y, por lo tanto, permitiría planificar su aprovechamiento en un sector de la provincia donde cada gota de agua vale más que un gramo de oro.
Se diría, pues, que la visión antigua que configuraba a Mendoza como "el enemigo" (para la puesta en valor del noroeste pampeano) debería ahora ser reemplazada por la visión de un condónimo responsable y confiable. Cosa que, desde luego, sólo quedará demostrada con el andar de los años y con las conductas efectivas de las partes. Si doy por aceptada la información que se ha divulgado, me inclino por pensar que se ha arbitrado una solución política y que ésta tiene un fuerte componente de pragmatismo. La política valora lo ideal, pero debe atenerse a lo posible tal como se configura en cada momento.
Mi tema en esta nota no es tanto el acuerdo rubricado en presencia de la presidenta y que motivara un llamativo abrazo de los dos gobernadores. Pensaba en la política y sus rasgos definidores. Tenía anotadas unas palabras de la presidenta CFK en el mismo acto de Mendoza, cuando dijo que "no hay sociedad desarrollada que crezca con enfrentamientos" y que "muchas veces las diferencias tienen que ver con no saber mirar racionalmente los problemas". Como siempre, lo que dice esta persona es para masticar. En el caso, aparte de referirse a problemas en curso y proyectos para futuro (el pragmatismo que propone ayudaría a crear condiciones de posibilidad), yo entiendo que dice algo más, pues habla de ella misma y de cómo los conflictos que ha afrontado le han hecho ver que todos, en la democracia, deben razonar acerca del riesgo de las hostilidades francas o la preferible búsqueda de consensos. El consenso es el acuerdo para seguir andando en tanto maduren situaciones y se despejen las cerrazones (de ideas e intereses) que impiden ver claro qué es lo mejor. Un consenso parte de reconocer al Otro, a la parte diferenciada. Un consenso tiende a lograr que el Otro deje de ser el enemigo por aniquilar y pase a ser el obligado copartícipe de nuestra acción.
Las reflexiones acerca del "enemigo" me vinieron a la mente al estar atento a la información que salía de México, acerca de lo que se decía y resolvía en la conferencia internacional sobre sida. La expresión central del ahora presidente de la Sociedad Internacional contra el Sida, el argentino Julio González Montaner, tal vez síntesis de todo el debate en México, fue que "hemos logrado mucho, pero es poco lo que ponemos en práctica". Aludía a los procedimiento para contener el mal y su uso insuficiente. Dijo también que no hay perspectiva de que en la próxima década se logre una vacuna eficaz contra el HIV (que afecta ya a 33 millones de personas). En suma, lo que quiso comunicar este investigador (que trabaja en Canadá, en funciones de principal importancia) fue que el enemigo, el sida, está ahí, y no hay todavía manera de aniquilarlo. En cambio, se ha logrado alcanzar un nivel de tratamiento que permite que los enfermos tengan una sobrevida "normal" de hasta 40 años. Pero no se ha logrado establecer una relación armónica entre la voluntad de acabar con el sida (la victoria total y final) y el uso de medicamentos que aumentan la sobrevida de sus víctimas y limitan el contagio. La aspiración de lo mejor conspira contra lo posible y se convierte en aliada del enemigo.
Atentamente:
JOTAVE
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