La reciente visita de la Presidenta de la Nación aportó buenas noticias para los pampeanos. La principal de ellas es que asumió el compromiso de controlar el cumplimiento del acuerdo que nuestra provincia y Mendoza acaban de firmar para posibilitar que llegue agua del río Atuel a nuestro sediento oeste. No es un dato menor saber que Nación seguirá de cerca este convenio, conociendo la forma en que saben proceder nuestros hermanos cuyanos cuando de agua se habla.
Otros aspectos positivos que trajo la llegada de la jefa del gobierno nacional fueron la firma de una serie de obras públicas para nuestra provincia como sus definiciones destacando el "rol indelegable" del Estado en la vida económica y social del país y la reiteración de su compromiso con los juicios a los represores de la última dictadura militar.
Pero entre esos aspectos destacables de la visitante se vieron otros que empañaron la jornada. La decisión del gobierno provincial de cerrar las escuelas y suspender las clases a las diez de la mañana, como también la de dar asueto a todos los empleados de la administración pública fueron, a todas luces, dos medidas desacertadas. Ambas trajeron recuerdos de muchos años atrás, cuando la demagogia y la manipulación proselitista apelaban a este tipo de medidas de negativas consecuencias.
Este permiso oficial para el ocio choca de frente con las palabras de la propia Presidenta quien, en el acto público, ponderó el esfuerzo y el trabajo como instrumentos imprescindibles para el crecimiento personal de los individuos y el avance de toda la sociedad.
El cierre de escuelas y oficinas públicas ni siquiera se justificaba por la asistencia al acto, pues éste tuvo lugar en un gimnasio cerrado con limitada capacidad de espectadores que en gran parte fue colmado por los adjudicatarios que recibieron las llaves de sus viviendas y sus grupos familiares. En verdad, esas medidas fueron la peor contrapropaganda del trabajo y el esfuerzo dirigida a los estudiantes y a los empleados públicos.
Otro aspecto nada positivo de la visita de la Presidenta fue el exiguo tiempo que estuvo en esta capital: apenas dos horas y media. Esa "visita de médico" parece ser hoy la tónica imperante entre los jefes de gobierno y rompe con una tradición que hasta no hace mucho tiempo se había impuesto en el país. Años atrás, la estadía de un presidente a una provincia se extendía durante toda una jornada y a veces dos. En ese tiempo, no sólo mantenía reuniones con los gobernantes locales sino también con representantes de organizaciones políticas, sociales, empresarias y gremiales que tenían la oportunidad de conversar cara a cara con la máxima autoridad del país, método muy positivo para ambas partes.
Este martes, el contacto con algunas entidades fue "fuera de protocolo" y a través de una alta valla de hierro. Como pudieron, los representantes locales le expresaron sus problemas a los gritos y a los apurones, en medio de saludos y besos de circunstancia. Cuando uno de los grupos quiso entregarle a la mandataria una carpeta con documentación tuvo que hacerlo por arriba del vallado.
¿Por qué ese apuro? ¿No puede un presidente quedarse unas horas más y atender personalmente las inquietudes de los ciudadanos del interior previo acuerdo de una agenda? Se podrá decir que personal de la Presidencia recibe esas inquietudes, pero nunca será lo mismo. Lo sabían aquellos presidentes que se tomaban su tiempo para dialogar con la gente del interior que es tan mencionada en los discursos como ignorada cuando debiera escuchársela.
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