La falta o colapso de las redes de provisión de agua potable y de desagües cloacales y pluviales representa una amenaza gravísima para la salud pública, que en Formosa afecta en forma directa a los habitantes de numerosos barrios capitalinos y pueblos enteros del interior.
La situación particular de zanjas a cielo abierto y aguas servidas al alcance de los niños trae aparejado un sinnúmero de problemas sanitarios, dada la multiplicación de focos infecciosos, campo de cultivo de enfermedades infecciosas al por mayor.
El cuadro es, por cierto, la desbocada resultante de una suma de bienintencionados proyectos postergados o directamente fracasados, y de urbanizaciones y otras obras públicas y privadas mal realizadas, ya fuere por escasez de recursos, apresuramientos proselitistas, desidias administrativas, imprevisiones varias, desconocimiento de las características de nuestra ciudad, falta de educación cívica o irregularidades encubiertas a lo largo de varias administraciones durante mucho tiempo.
A ese panorama, de suyo desalentador, hay que agregarle la paulatina extensión de asentamientos de emergencia, cuya precaria situación requeriría intervenciones más profundas y sostenidas que la simple entrega de chapas de cartón, o de ayudas para la autoconstrucción de viviendas, que al final de cuentas lo único que hacen es afianzar la radicación de muchas familias en terrenos y condiciones absolutamente incompatibles con una vida sana.
No viene al caso buscarle un culpable exclusivo a las condiciones descriptas ya que el problema, en su evolución, atraviesa distintos gobiernos provinciales y municipales y abarca varias décadas. Las responsabilidades que subyacen son muchas, de variado cuño, y el mal ya está hecho: la contaminación recorre cuadra por cuadra numerosas y humildes barriadas. Ahora es menester ponerle remedio con el sincero propósito de comenzar por contenerla y de esa forma ir avanzando hacia su extinción, tarea que, por supuesto, no podrá ser concretada de un día para el otro.
En la capital, los trabajos en esa dirección avanzan felizmente a ritmo acelerado, junto con las obras de desagües pluviales, muchas veces ocasionando molestias al tránsito automotor y al transporte público de pasajeros, es cierto; pero nadie con buena fe puede desconocer los beneficios que reportarán dichos emprendimientos el día de mañana a toda la comunidad formoseña. Beneficios que pasan inmediatamente por lo sanitario, pero se vinculan también con el cuidado del medio ambiente, pues la sentida ausencia de cloacas en vastos sectores de la población genera la proliferación de pozos negros, los cuales desatan un proceso de filtración que al cabo de los años termina contaminando las napas.
Resta aguardar que el actual ritmo de extensión de la red cloacal formoseña se mantenga y sea reproducido cuanto antes en localidades del interior de la provincia que sufren igual o peor carencia, para que rápidamente la mayor cantidad de formoseños posible pueda disponer de un servicio indispensable para la calidad de vida y la salud humana. |
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