La semana Mundial del Agua, que acaba de iniciarse en la ciudad de Estocolmo, en el marco del Año Internacional de la Higiene, proclamado por las Naciones Unidas, supone una nueva oportunidad para poner sobre el tapete el drama que vive una enorme proporción de los habitantes del planeta debido a la falta de agua corriente y de obras sanitarias. Encuentros de este tipo ha habido unos cuantos en los últimos tiempos, pero las soluciones de fondo tardan en llegar, mientras se acrecientan las consecuencias y muchos gobiernos no atinan a encontrar medidas efectivas para corregir este dislate.
Algunos de los participantes en las jornadas han recordado, en las primeras sesiones, que 2.500 millones de habitantes no tienen acceso al agua potable y a los servicios sanitarios. Pero los cálculos son más amplios todavía: se pronostica que en el año 2025 unos 1.800 millones vivirán en regiones con escasez total de agua, y esa cifra crecerá a un número que, de modo preliminar, oscilaría entre 3.000 y 7.000 millones en el año 2075.
La crisis sanitaria global es definida por los entendidos como el problema ambiental más grande que enfrenta el mundo. Y la calificación no debe considerarse apresurada, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que la ingesta de agua no potable causa el 88 por ciento de las enfermedades, lo cual equivale, en los países en vías de desarrollo, a la pérdida de 5.000 millones de días de trabajo.
La enumeración de los efectos de la ausencia de agua potable culmina con otra referencia conmovedora: por falta de dicho elemento, mueren cada año 1.400.000 niños debido a diarreas y a falta de higiene. No en vano esto ha sido calificado como "el mayor escándalo del mundo".
De todos modos, siempre queda algún margen para la esperanza: en 2015 podría reducirse a la mitad el número de personas sin acceso al agua corriente y a los servicios cloacales. Claro que para ello sería necesario invertir por año 9.500 millones de dólares, un tercio del gasto anual en agua embotellada.
Los aproximadamente 2.500 científicos y dirigentes políticos que deliberan en la capital sueca procurarán encontrar fórmulas adecuadas mediante las cuales comenzar a recorrer un camino que permita revertir progresivamente esta estremecedora realidad. El agua es un bien insustituible que no ha merecido todavía la importancia que merece en la gestión de muchos gobiernos, los que no han llegado a conmoverse ante la situación de extremo riesgo de vida que atraviesa un elevado porcentaje de la población del mundo, para el que aquellos servicios primordiales representan apenas una meta inalcanzable.
Mientras esto ocurre en vastas regiones, en otras el derroche del agua potable es una constante. Responsabilidad que comparten los usuarios, en quienes no se ha hecho carne la necesidad imperiosa de preservar un recurso extraordinario y hacer un consumo moderado, y las autoridades de organismos encargados de prestar el servicio que tampoco se preocupan demasiado por su protección.
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